Ganador IX Concurso de cuento Espantos en las Bibliotecas 2016 - Categoría Infantil

Por: 

Equipo Editorial Red de Bibliotecas

Los libros no son solo libros
 
Miguel Ángel Silva Cardona
 
 
Estaba en mi biblioteca cuando un libro que nunca había visto se cayó ¡ploffffff!: era un libro envuelto en polvo y telarañas, decidí cogerlo y darle una limpiada, luego tuve la curiosidad de abrirlo ¡y qué sorpresa!, nunca había visto algo como esto, su nombre era: Lo imaginable es inimaginable. Sus ilustraciones hacían referencia a un monstruo más o menos encorvado y que soltaba baba, su cabeza era verdosa, parecía mareado, y lo peor de todo, su escamosa piel se descascaraba a pedazos.
 
Cuando pasaba sus hojas me di cuenta de algo asombroso: en todas las ilustraciones aparecía el mismo monstruo, eran el monstruo mismo. Así que para resolver el misterio me puse a leer las 253 páginas. El libro hablaba de un hechicero que había encerrado en un libro a un monstruo, y había que leer el cuento para invocarlo. Todo esto me pareció un poco infantil para mis 14 años de edad, pero lo seguí leyendo. En el tiempo en el que lo leía mi vida cambiaba radicalmente.
 
Fue un alivio cuando después de tres semanas estuve a tres renglones de acabar el libro, los leí con mucho aburrimiento, pero cuando lo terminé fue la mayor felicidad que había vivido. Mientras celebraba, algo extraño empezó a pasar: ¡mi pieza estaba temblando! Al principio pensé en un terremoto, pero era solo mi pieza y nada más. Intenté salir al corredor pero no lo conseguí, así que me decidí a tumbar la puerta de un golpe, cuando de repente me empujaron haciéndome caer y quebrar un diente. Recordé que si lograba salir podría ir a la biblioteca del lado de mi casa a pedir ayuda. Salí de mi casa corriendo con el libro que tantos problemas me había traído, el libro empezó a chapalear entre mis manos y un monstruo empezó a salir de él, lo tiré y entré a la biblioteca, no había nada que hacer, el cielo se oscureció repentinamente y resplandores salían a chorros del libro mientras iban conformando el cuerpo del monstruo. En ese momento recordé que al final del cuento decía: “Para revocar lo hecho leerás hacia atrás rápidamente”.
 
Entré a la biblioteca y me puse a leer el cuento al revés, pero no pude avanzar más de diez hojas ya que leer hacia atrás mientras el libro se sacudía me mareaba. Noté que nadie más podía ver al monstruo.
 
La solución que me quedaba era esconderme en el lugar más cercano: el viejo cuarto de la biblioteca. Salí corriendo sin hacer el más mínimo ruido para que el monstruo no me descubriera y seguí leyendo; estuve tan concentrado que no me di cuenta cuando cerraron la biblioteca. ¡Qué susto, solo todo una noche! No sabía qué hacer. Iba en la página 200 cuando ¡poon, poon, poon!, todos los libros se empezaron a caer por doquier, una biblioteca se vino encima y aplastó la computadora, las lámparas se empezaron a caer, y soniditos agudos de risas se escucharon por todos los lados.
 
Sabía que se trataba de la maldición que utilizaba el monstruo para generar miedo en las personas y descubrirlas cuando emitieran ruido, tenía que acabarlo sí o sí, pero lo hacía imposible el miedo y la desesperación. Intenté quebrar el vidrio de salida pero no lo conseguí ya que estaba templado para que los ladrones no consiguieran entrar, no tuve más opción que leer en esas condiciones. Solo me faltaban cinco páginas, tenía que aguantar pero toda la biblioteca se venía encima, y como de costumbre los vecinos ni se inmutaban.
 
Puse todo mi empeño en seguir, sin rendirme me escondí debajo del escritorio que formaba un triángulo de vida que me mantuvo a salvo un rato hasta que se rompió. Me decía a mí mismo: ¡No me puedo rendir! ¡No me puedo rendir! Los largueros del techo se empezaron a romper y eso significaba que el techo caería. Me faltaban dos páginas por leer al revés, tenía que hacerlo por mí, por la biblioteca, por todos.
 
El monstruo, incapaz de localizarme, utilizó otra de sus tácticas, se dividió en varias sombras para buscarme, pero yo tenía que cambiar lo que por su culpa había traído. De repente… sonaron las campanadas, eran las tres, ¡la hora maldita! Todo empezó de mal en peor, ¡clapp!, ¡ploff!, ¡jiiii!, ¡jaaaaaaa!, ¡prrrr!, ruidos de toda clase, y aún me faltaban unas cuantas palabras que conformaban unos renglones, lo cuales constituían a su vez una página; eso era lo que me faltaba, pero el techo empezó a caerse, ¡puum! una teja me cayó en la cabeza dejándome débil en el suelo. Unas gotas espesas de olor repugnante caían en mi rostro, dos renglones me faltaban, dos renglones…
 
 
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