Lo que el Magdalena no se pudo llevar de la biblioteca

En el año 2010 corría la Semana Santa justo en la coyuntura entre marzo y abril. Entre procesiones, santos y eucaristías, no eran oraciones lo único que repetían los habitantes de Puerto Triunfo, Antioquia
 
Por esos días se escuchaban entre la gente comentarios del fuerte invierno que azotaba al país, que "está lloviendo mucho", que "el río está subiendo", que "mejor recogemos las cositas del suelo para que no se dañen". No era novedad que la lluvia hiciera crecer el río, y tampoco que este se desbordara inundando levemente las calles del pueblo. Nada fuera de lo común, nada de qué preocuparse mucho. 
 
A oídos de Ana Delfa Hernández, bibliotecaria y directora de la Casa de la Cultura, también llegaron los comentarios. Por eso corrió a recoger los equipos eléctricos y electrónicos que había dentro de la Biblioteca Pública del Municipio. Todos desconectaron, todos levantaron, todos creyeron estar preparados. 
 
Sin embargo, una noche llovió tanto que el cauce del río Magdalena no bastó para contener las crecidas y abatidas de la corriente y, sin más, los habitantes de Puerto Triunfo amanecieron, literalmente, con el agua hasta la cintura. El sol dejó ver la dimensión del asunto: en lo que parecía una nueva versión de los canales de Venecia, hombres, mujeres y niños se movían en canoas sobre el parque principal del que solo se veían los troncos y copas de los árboles. El agua entró sin piedad a las casas, a la iglesia, a la alcaldía y a la Casa de la Cultura, donde también funcionaba la Biblioteca.
 
 
Cuenta Ana Delfa que la adrenalina no la dejó sentir el dolor de ver inundada esa biblioteca que había nacido en 1984 y de la que ella es parte desde el 94, por la que tanto ha luchado y en la que ha visto crecer la mente de grandes y pequeños. No pudo llorar cuando vio que ahora era un pozo en el que flotaban libros, mesas y el material de la sala de niños que, con esfuerzo, había logrado crear. La biblioteca nunca había tenido el apoyo suficiente de la administración municipal, asegura Ana, así que ella misma, con las uñas, era quien había gestionado y conseguido muchas de las cosas que ahora nadaban en el río. 
 
Con afán, habitantes del municipio seguían las instrucciones que ella les daba para tratar de salvar lo poco que aún no se había mojado. Después de hacer lo que pudieron, Ana cerró las puertas de la Casa de la Cultura y lloró lo que tenía que llorar al ver bajo el agua el esfuerzo de tantos años. 
 
Tuvieron que pasar 15 días para que el agua fuera evacuada en su totalidad con ayuda de motobombas, el equipo de bomberos y las manos de la comunidad. En ese punto, la mezcla del agua empozada con el papel de los libros se había tornado putrefacta. 
 
Con el agua no se fueron los problemas. Por el contrario, comenzó una lucha para tratar de volver a ponerse en pie. La administración municipal de entonces decidió que la solución era mover la biblioteca al segundo piso de las instalaciones de la Casa de la Cultura. El espacio no era adecuado para instalar una biblioteca y, para completar el panorama, luego de botar todo el material dañado por la inundación, lo que quedó fue prácticamente nada. 
 
Ana Delfa se convirtió entonces en una especialista empírica en aplicar a convocatorias para recibir dotaciones que le permitieran volver a llenar de cultura los espacios de la biblioteca. Así logró hacerse a una dotación para la primera infancia que permitió iniciar las actividades de promoción de la lectura. Además logró conseguir el apoyo de unos aliados estratégicos: los niños.
 
Con ellos conformó el “Club de Amigos de la Biblioteca”. Los pequeños se convirtieron en “veedores” de la recuperación de la Biblioteca y son hoy los grandes impulsores de las actividades que realiza. Sus miembros tienen un llamativo chaleco azul bordado que los acredita como parte del Club. Con su aporte creativo y logístico, hoy hacen actividades como Cine al Parque, Carnavales de Lectura y los ya tradicionales viernes culturales que incluyen música, danza, lectura y teatro.  Incluso ahora están planeando empezar a recorrer los barrios del municipio puerta a puerta para leerle un fragmento de un cuento a quienes los atiendan e invitarlos a pasar por la biblioteca a leer, a hacer préstamos de libros y a participar de las actividades que programan.
 
La Biblioteca Pública del Municipio de Puerto Triunfo volvió al primer piso de la Casa de la Cultura, y ya cuenta con mesas y estantes metálicos por si el agua vuelve. Tiene sala infantil, computadores portátiles, juegos didácticos, dos mil títulos bibliográficos y equipos que les permiten a Ana y su equipo darle rienda suelta a la imaginación y crear nuevas actividades para la gente. Adicionalmente, dice Ana, ahora hay una administración municipal que se preocupa por el fomento de la lectura, por el crecimiento cultural e intelectual de la población y, por ende, de su biblioteca. 
 
Aquella inundación de cuatro años atrás dejó en la biblioteca marcas de humedad en las paredes y el recuerdo de la angustia y el dolor de lo perdido, se llevó libros y años de trabajo y esfuerzo. Sin embargo, a su vez trajo muchas enseñanzas y la posibilidad de vivir tiempos mejores. Ahora la biblioteca es la viva muestra del impulso de sus habitantes por seguir luchando por un espacio en que puedan enriquecer su mente a través de libros y la cultura. Hoy, la Biblioteca Pública del Municipio de Puerto Triunfo es la materialización de todo eso que ni con toda su fuerza podría llevarse el inmenso Río Magdalena.
 
 
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