Ganadores de la categoría "Adultos"

Navega y conoce los ganadores de las diferentes ediciones del concurso.

*La redacción está fiel al autor y hacemos esta publicación con su autorización. Todos los derechos reservados.

Hondo como la tierra
 
Por: Catalina Calle Arango
 
Cuando la vio pateando la pelota desvió su camino al bosque, ese y los días siguientes. Atrapar ranas y pescar ya no serían sus prioridades. Pero no fue el fútbol lo que le atrajo sino la visión nueva, fascinante, de Nicoletta.
 
Durante días su rutina consistió en tumbarse en una esquina para verla jugar con sus hermanos, descalzos todos, ella con sus bucles castaños y enredados, bañada en luz. Pasaron pocas tardes hasta que lo invitó a jugar. En adelante serían camaradas, compañeros, seguros de que nada los separaría, salvo el estallido de la guerra y la arbitra- ria orden al chico de no buscarla, no mencionarla, no recordarla más.
 
Al principio, recluido en el refugio antiaéreo que el padre con anticipado pesimismo construyó, pensaba que su amiga era protegida con igual recelo, amparada de una guerra, como todas, sin sentido. Luego supo que era judía, que sus padres por inclemencia o cobardía lo encerraron, y que aquella oposición era tan injusta como cualquier combate.
 
Diariamente le escribía una carta, con la esperanza de un día ofrecerle un amor compilado en un paquete de dibujos, cuentos, poemas, tantos como los días de su asilo. En todo ese tiempo no salió de la tumba que lo mantuvo vivo, una bóveda de pocos metros. Tal vez por eso, terminada la guerra, no importó cuánta devastación había alrededor suyo; solo quería verla, entregarle los escritos, tomar su mano otra vez. La calle donde solían jugar estaba destruída, como la casa de ella, como su corazón al saber que ya nadie vivía allí.
 
Por mucho tiempo la buscó. Interrogó a tantos sobrevivientes de los campos de detención como le fue posible, pero no hubo quién diera razón de la niña. Investigó por años su paradero en toda Europa. Indagó tanto que terminó convertido en historiador, en cronista de los conflictos, siempre con el pretexto encubierto de Nicoletta Herzog, encantadora niña judía, diestra jugadora de fútbol, con largo cabello castaño.
 
Envejecido y desmoralizado, su único tesoro era una caja de cartas de papel marchito. Así que decidió, con la venia de unos padres fallecidos hacía mucho, comprar la deslucida casa en la que vivió su amiga, una vivienda restaurada, habitada por gente sin memoria (por lo menos sin aquella que deja marcas en el alma). Empeñado en conservar los pocos recodos que permanecieron fieles a la época, decidió establecer una biblioteca. En ella, dos especialidades literarias, aparentemente opuestas, adornaban las estanterías: fútbol y cronología bélica. Las cartas no leídas ―quizá uno de los más valiosos registros históricos― se mantendrían ocultas en el escritorio de su oficina, ubicada en el que fuera el cuarto de la niña.
 
No volvió a su casa, no había nadie que lo esperara. Vencido por el sueño se quedaba cada noche durmiendo en el despacho, una vez santuario infantil. Más que la nostalgia, la obsesión o el agotamiento, algo superior lo retenía en el espacio.
 
La biblioteca desafiaba los cambios, la existencia. Antiguos ductos subterráneos transportaban ecos, voces de niños interpuestas con el sonido rítmico de goteos, mordis- queo de ratas, crujido de la madera, lamento del tiempo. Entre la sinfonía advertía, a veces, la voz de una niña; pero desacreditaba una posible treta de su mente, de la vejez y la obstinación, salvo por el crescendo del sollozo, cada noche más agudo, más mortuorio, proveniente del subsuelo.
 
El frío intenso de una noche lo obligó a bajar al sótano. La vieja caldera vivificaría el calor de un hogar difunto. Una vez abajo, habiendo descendido la larga cadena chirriante de escalones, pudo escuchar con claridad la voz que lo desvelaba, la de su amiga, es- capando de en medio de pilas de cajas con libros sin clasificar. Entonces, abriéndose paso encontró una pequeña mordedura circular en el suelo, llena de tierra seca, de hollín en sus bordes. Desesperado, impelido por una corazonada (misma que lo forzó por décadas a una búsqueda inútil) tomó una barreta y, presionando con la fuerza que su vejez admitía, levantó la placa camuflada en la madera. Una alcantarilla, con barras de hierro forjadas a modo de escalera, conducía a un refugio…
De inmediato entendió por qué nadie recordó a Nicoletta, por qué no fue hallada.
 
En la bóveda, entre los restos apilados de la familia sobresalía un cadáver con los rizos intactos y el cuerpo deshecho. En sus manos había un paquete: más de mil cartas dirigidas a un muchacho, ahora anciano, cuyo corazón se rompía y esta vez para siempre.
 
Auxiliares de la biblioteca lo encontraron muerto poco después, estrechando los huesos de la pequeña. En toda la cámara había papeles y sobres abiertos. En el regazo del viejo una carta que iniciaba: “amigo querido, algún día volveremos a vernos”.
 
*La redacción está fiel al autor y hacemos esta publicación con su autorización. Todos los derechos reservados.
 
El Chupatintas
 
Por: Camilo Alexander Marín Luque
 
Entre los desolados pasillos de una biblioteca en ruinas rondaba el Chupatintas, una criatura que alguna vez caminó entre nosotros, pero ahora a duras penas se notaban los rasgos restantes de su humanidad escondiéndose tras una piel con textura similar al cuero, venas palpitantes por las que fluía el líquido que consumía, y sus ojos totalmente negros que mostraban abismos por los que caería cualquier persona que cometiera el error de mirar en ellos. A sus pies, cientos de libros con hojas inmaculadas, que parecían nunca haber salido impresos de su editorial, representaban el rastro de este monstruo que nunca saciará su sed de tinta. Esa biblioteca quedó vacía. Debía buscar un nuevo objetivo para su satisfacción.
 
El cazador llegó tarde de nuevo. Era difícil rastrear al Chupatintas, ya que se confunde con la negrura de la noche. Por eso es que debía andar atento a cualquier reporte sobre un libro que haya perdido su contenido, pero rara vez se habla de algo así, ya que se atribuye el hecho a la humedad o al olvido. Pocos conocen la existencia del monstruo y se muestran escépticos ante su existencia hasta que el último libro ha sido despojado de su esencia. Los Chupatintas se reproducen por aburrimiento y frustración. Funcionarios de bibliotecas poco frecuentadas comienzan a sentir que su trabajo no se valora, y que el conocimiento del que dispone el claustro en el que trabajan está siendo desperdiciado. Si dicha frustración alcanza un límite aún sin determinar con exactitud, el bibliotecario comenzará a sentir una sed de conocimiento inexplicable, la cual creerá saciar absorbiendo a través de sus dedos la tinta de los libros. Pero ésta contamina su organismo, y los transforma poco a poco en un ser de horror indescriptible que no se detiene hasta consumirlo todo, y después merodea las calles nocturnas hasta encontrar otra biblioteca que le supla de lo que ahora es su líquido vital. El monstruo despoja a los usuarios de la biblioteca de su derecho al conocimiento, por lo que debe ser detenido cuanto antes.
 
Éste Chupatintas en particular había sido bastante escurridizo. Se le escapó al cazador cuando creó una emboscada en una convención de bibliotecarios. La frustración concentrada allí creó una horda de Chupatintas que devoraron el contenido de los libros del anfitrión de la convención en un instante, pero el cazador logró detenerlos a tiempo con lo único que puede revertir el efecto: Balas de acetona. Éstas disolverán el líquido que haya absorbido el monstruo y con suerte sólo quedarán con una herida menor. Pero uno logró escapar y había causado estragos en varias bibliotecas de la ciudad.
 
Así que cuando el cazador llegó a la biblioteca en ruinas supo que ya era demasiado tarde para el monstruo. Su transformación era irreversible. Había perdido todo rastro de humanidad, por lo que se volvería más peligroso, y a la vez menos cuidadoso. Efectivamente, alguien reportó (atribuyendo el hecho a la imaginación de la pequeña) que una criatura grotesca trató de arrebatarle un libro de cuentos a una niña en la biblioteca de su escuela, a plena luz del día. Sin embargo, aquella pista condujo a ninguna parte, y, frustrado, el cazador regresó a su casa un fin de semana, a recobrar energías y planear sus acciones de los próximos días cuando, entrada la noche, escuchó una conmoción en su biblioteca. En una coincidencia, el Chupatintas había terminado allanando el hogar de su enemigo, quien se encontraba algo desconcertado por la situación, y se aterrorizó más cuando vio a los ojos de la bestia, que recitaba pasajes literarios en su voz susurrada y cortante, Aun así, no dudó en empuñar su arma. “¿Sabes lo que estás haciendo, verdad? Le estás arrebatando los libros a las personas…”, le espetó el cazador, fingiendo valor. Pero el monstruo lo ignoró y se acercó a otro estante, en donde reposaba una valiosísima primera edición de Poe que tomó entre sus garras. “¡SUELTA EL LIBRO!”, gritó el cazador, pero al ver sus páginas abrirse entre las zarpas del Chupatintas disparó sin pensarlo, alcanzándole una pierna. El monstruo aulló como un animal herido, soltó el libro y huyó del lugar a una velocidad increíble, perdiéndose en la noche. El cazador revisó el libro y verificó que siguiera en buen estado, pero se sintió increíblemente frustrado de no haber podido atrapar a la bestia, decidido a continuar su búsqueda de aquél monstruo y de cualquier más que pudiera surgir. Y tú deberías prestarle más atención al estado de tus libros, porque el Chupatintas podría estar más cerca de lo que imaginas... 
 
*La redacción está fiel al autor y hacemos esta publicación con su autorización. Todos los derechos reservados.
 
 
De cómo una bibliotecaria se convirtió en
Marat por culpa de una usuaria
 
Por: José Aristóbulo Ramírez Barrero
 
 
La muchacha, visiblemente excitada, tomó en sus manos el libro París Bajo El Terror, de Stanley Loomis, lo abrió en la página No. 128 y durante un par de minutos se dedicó a palpar con fruición la ilustración que recrea el momento en que Charlotte Corday asesina de una puñalada a Jean-Paul Marat, el activista, periodista y político jacobino a quien sus enemigos acusaban de traicionar los ideales de la Revolución Francesa. Luego de ello, intentó leer el capítulo dedicado a Danton pero no pudo concentrarse. La pobre, con el rostro compungido, fustigada por algún presagio abracadabrante, alzó la cabeza, me miró y me confió, como si fuéramos amigas íntimas, que estaba muy apenada por el curso equivocado que estaba tomando la revolución, situación que ella se encargaría de enmendar aunque tuviera que hacer correr sangre.
 
En principio le seguí el juego -no era la primera vez que me tocaba en gracia una loca de atar. Es más, puedo contar por docenas los orates que en mi carrera de bibliotecaria se han acercado a mi puesto de trabajo para confiarme, como quien no quiere la cosa, que son Tom Sawyer, lady Chatterley, Raskolnikov, José Arcadio fundador y otras damas y caballeros de la literatura-, pero cuando subió la voz tuve que recordarle que no se no se hallaba en una porqueriza sino en la Biblioteca El Tintal y que por ende debía guardar compostura.
 
Así estábamos, ella vociferando y yo tratando de callarla, cuando, zape, sin andarse en chiquitas se desató el merequetengue. A la sazón de algún truco que no acierto a explicar todavía, la muchacha se largó a hablar en francés y mientras lo hacía, sus facciones y su vestimenta se transformaron en una copia exacta de las que lucía la Charlotte Corday de la ilustración del libro de Loomis. Al mismo tiempo, la sala del segundo piso de la biblioteca se convirtió en una suerte de aposento antiguo y la recepción donde yo trabajaba, en una bañera, la bañera donde Marat permanecía sumergido horas y horas tratando de aliviar los rigores de su dermatitis herpetiforme.
 
Ni que decir tiene que no precisé de más datos para entender que la bruja aquella había venido a buscarme para acuchillarme porque yo, por mor de algún trastrocamiento del tiempo y el espacio, me había convertido en Marat.
 
Como no estaba dentro de mis planes dejarme ajusticiar por un crimen ajeno, salí de la bañera lo más rápidamente que pude y así, desnudo como estaba, la piel escociéndome que daba gusto, me lancé en procura de un teléfono para llamar a la policía, de algún guardia de seguridad que me defendiera y me sacara de allí, de algún usuario que me ayudara a someter a mi verdugo, de algún colega que me diera una cachetada que me devolviera a mi mundo y a mi realidad, pero fue en vano, el maldito aposento donde me hallaba se ajustaba a una lógica que yo no acertaba descifrar, por más de que me escabullía por puertas y ventanas volvía una y otra vez al mismo lugar, el despacho del jefe revolucionario, Charlotte increpándome, pisándome los talones y ansiando mi pecho ruin para clavarle su cuchillo.
 
Así discurría esa encerrona, esa jugarreta de Satanás cuando, asaeteado por una inspiración proverbial, conjeturé que el sortilegio podía conjurarse indagando en la fuente en la cual se originó. Para salir de dudas, corrí a la bañera, rescaté el libro y amenacé a mi persecutora con hacer añicos la ilustración de marras. La estrategia rindió frutos porque enseguida la muy tunanta chilló como si se le fuera la vida en ello, bajó su arma y me pidió que tuviera piedad de ella. Como yo no estaba para misericordias, seguro de poner fin a la pesadilla por esa vía, rompí con alevosía la lámina en mil pedazos y, córcholis, lo previsto, en un instante el hechizo se revirtió, Charlotte Corday se desmoronó y la muchacha excitada volvió a tomar posesión de su cuerpo y de su caletre.
¡Qué alivio, muerto el perro se acaba la sarna! Bueno, eso en teoría, porque, para el caso que nos ocupa no fue así, todo no regresó a la normalidad, el segundo piso de El Tintal siguió siendo un aposento antiguo que respondía a una lógica que yo no era capaz de descifrar, la recepción donde yo trabajaba siguió siendo una bañera, y yo seguí convertida en un Jean-Paul Marat, energúmeno y enfermo de dermatitis herpetiforme.
 
Han pasado mil lunas desde entonces. Para aliviar el mal que me aqueja, he tenido que hacer de la bañera mi residencia permanente. En los raros lapsos de tregua que me concede la dermatitis, leo el libro maldito para tratar de hallar la clave del embrujo, pero nunca tengo suerte. Lorena, así se llama mi compañera de desgracia, me consuela y, desesperada también, me conmina a que unamos los pedazos de la ilustración que yo rompí porque allí seguramente está la solución a esa tortura que nos pulveriza el alma.
 
Yo no sé qué pensar. Tal vez más tarde, cuando me encuentre menos débil. En esos momentos no tengo fuerzas que oponer y sería presa fácil de una mujer robusta como Charlotte Corday.
 
*La redacción está fiel al autor y hacemos esta publicación con su autorización. Todos los derechos reservados.
 
Los amantes
 
Por: Alberto Mario Márquez Alonso
 
I. Su cuerpo joven permanecería bajo tierra por muchos años. Conservando aun impregnado el olor tierno de la mujer y el recuerdo de la vida entera que no compartieron.
 
II. Gustavo se levantó de la mesa justo antes de rayar con sus números el final de la hoja. Había permanecido toda la mañana sentado, sacando ecuaciones del libro de cálculo. Pero este último ejercicio no pudo resolverlo en la media hora que llevaba dibujando números en el papel. Tomaría un descanso. Iría hasta el baño, luego por un tinto o unas galletas antes de continuar. Cristina se quedó con la cabeza baja, leyendo. Ella cuidaría las cosas de Gustavo mientras él estiraba las piernas. Salió. Cruzó por el pasillo central, donde había una exposición de caricaturas, y en cuyo piso está dibujado el logo de la Universidad Nacional. Llegó hasta la entrada de la biblioteca y pasó de largo frente al tipo que revisa la fecha de entrega de los libros.
 
De nuevo entró. Faltaba una hora entera antes del almuerzo, así que debería ir y tratar de resolver una vez más el ejercicio. Hizo el mismo recorrido de minutos atrás, de vuelta. Pero antes de llegar a la mesa, al pasar en medio de dos estantes, algo lo detuvo. Era un libro grueso, con el lomo deshecho, en medio de la colección de literatura. Parecía mal ubicado porque su gran tamaño no era proporcional al de los otros libros que lo rodeaban. Lo tomó.
 
III. El hombre detuvo su lectura. Sabía que aquella tarde su amada llegaba al puerto y que pronto, después de la media noche, estaría en casa. Se refugió en el último brinco del corazón antes de intentar dormir. Leyó Gustavo en la primera línea del libro, esa noche en su habitación. A la mañana siguiente despertó con la extrañeza que le produjo poder recordar cada detalle de lo que había soñado: una de aquellas muchachas a las que tanto gozaba ver en el campus, aunque no distinguía cual, había venido a su apartamento. Él le abrió la puerta, la hizo pasar a su alcoba y fue desnudándola sin rodeos. Para luego hacerla fruncir el ceño de placer.
 
En la mañana tenía ojeras. Se vio en el espejo del baño y la piel morada bajo sus ojos parecía advertir que no había tenido una buena noche. Pero él no recordaba haberse parado de la cama en ningún momento. Ese mismo día en la universidad volvió a vérselas con las matemáticas. Pero la inquietud por saber cómo continuaba la historia de aquel hombre esperando a su esposa lo hizo partir temprano a casa, después del almuerzo. No sin un regaño de Cristina por no estudiar más. Al llegar, se encerró en la habitación sin saludar a la señora que se la alquilaba y solo salió a eso de las diez de la noche, buscando la comida fría que no había probado cuando llegó. Se durmió con el libro entre las manos, alcanzado la mitad de las páginas. Tuvo un sueño en el que huía junto a aquella muchacha hermosa con la que se había acostado. Ella tenía esposo. Pero ahora sabía que la amaba. Se pegó en el rostro con una rama, mientras ambos corrían por un bosque denso, tomados de la mano. Gustavo sabía, en su propio sueño, que jamás probaría unas tetas más jugosas ni unas piernas más tersas ni un cabello más liso que el de aquella joven.
 
Se despertó tarde y ya no alcanzó a llegar a clase de ocho. A la salida, Cristina lo increpó por haberse quedado dormido. Esa tarde, al entrar a la biblioteca, Gustavo estaba exhausto sin saber de dónde venía su cansancio. Cristina lo vio pálido, con un rasguño en la cara y las manos magulladas, mientras él intentaba disimular todo con el lápiz entre las manos. Gustavo no aguantó más. Se fue a casa temprano; esta vez Cristina no dijo nada, solo lo vio, con tristeza, alejándose.
 
Gustavo estaba decidido a dormir mucho y reponer al siguiente día lo no hecho en dos mañanas seguidas. Mas, al ver el libro sobre la cama desordenada, no pudo evitar sentarse a leer, como las anteriores veces, frente al escritorio. El desespero del hombre aumentaba con cada hora sin el aviso de su prometida. No estaba a lo lejos, no se aparecía ningún carruaje en la distancia con la mujer adentro. En la gran mansión solo se escuchaba el eco difuso de sus propios pasos. Gustavo no entendía nada. Estaba situado justo en el nudo de aquel relato, pero no tardaría en resolver el misterio de la mujer esperada. Como en las anteriores, esa noche se acostó con el libro cerca de su almohada y recordaría al despertarse, cada detalle: esta vez estaban ambos en medio de la oscuridad. En la trama en que en los sueños nos vemos envueltos Gustavo tenía una antorcha como única guía en la penumbra. Ambos, Gustavo y su amada, sabían que él estaba cerca. Caminó por los pasillos que ella reconocía como propios, después de años de vivir en el viejo palacio. Sentían en el espinazo, en las gotas de sudor corriendo por la frente y en el eco de las pisadas la presencia del hombre. Entonces, de la negra nada saltó la sangre. Gustavo se volvió poniendo sobre el cuerpo de la joven el resplandor de las llamas. Vio como el hombre que había sido su esposo le enterraba la espada en el liviano vientre. Despertó al cruzar la mirada con el asesino.
 
Ya no pudo dejar de leer. Era claro que el hombre de la historia no esperaba a nadie en verdad. Los temblores de la mano le recordaban la muerte de ambos. Él esperaba al fantasma de una mujer infiel. Su desastroso orgullo lo había arrastrado a ser la muerte aquella noche. Gustavo estaba a punto de llegar al final. Por fin sabría qué había sucedido en realidad con la esposa del hombre.
 
Esa noche tuvo un sueño en el que ya no estaba la mujer. Donde apenas era él en las sombras tratando de escapar del hombre. Sentía cada palabra como si las estuviera oyendo en verdad, como si no fuera un sueño. Porque aquel hombre, no esperaba a nadie, salvo a la muerte. Donde ambos, su esposa y el amante de esta, permanecían enterrados en las afueras del castillo.
 
IV. Cristina fue la primera en hallarlo. Preocupada por su amigo, había ido hasta el apartamento en el décimo piso de un edificio del centro de Medellín. La puerta tenía tranca, así que la señora de la casa fue por las llaves. Y Gustavo estaba muerto, encima del escritorio, con una gran herida como de espada en el cuello y los dedos tiznados de ceniza. Con los ojos aun puestos en la página final.
 
*La redacción está fiel al autor y hacemos esta publicación con su autorización. Todos los derechos reservados.
 
La mano O-culta
 
Por: Camilo Alexánder Marín Luque
 
“¿Pero qué ha pasado aquí?”, preguntó el Jefe de Bibliotecas al entrar a su sitio de trabajo, “¿quién ha dejado todos estos libros tirados en el piso?”. “Fue la Mano O-culta del Viejo Bibliotecario”, musitó la auxiliar, con tono siniestro, “Esos fueron los libros que leyó anoche. No le quedan fuerzas para volverlos a poner en su sitio”. El Jefe se rió socarronamente, pero él conocía los escalofriantes rumores que rondaban sobre aquella Mano O-culta desde hacía veinticinco años. 
 
El primer bibliotecario del lugar fue un viejo mañoso y gruñón. No le gustaban los niños que hacían ruido, y por eso todo el tiempo hacía rondas por la biblioteca diciendo “shhhh, shhhh”. Un día, mientras cortaba unos volantes con una guillotina de papel, unos niños se portaron excepcionalmente revoltosos, lo cual llevó al viejo al borde de su paciencia. Se volvió a gritarles, sin fijarse que la hoja de la guillotina cayó justo en su muñeca izquierda, atravesándola. El viejo murió en el acto, de la mera impresión de ver su extremidad cercenada. Su espíritu viajó al purgatorio, mientras que el espectro de su mano huesuda y arrugada se quedó pululando en la biblioteca, con la intención de cobrar venganza. ¿Has visto cuando ya no hay más papelitos para anotar las referencias de los libros? ¿O cuando los niños en la biblioteca se ríen sin explicación alguna, como si les estuvieran haciendo cosquillas? ¿O cuando supuestamente pasa “una corriente de aire” que deja tu libro en otra página? Esa era la Mano O-culta del Viejo Bibliotecario creando caos contra todos los que interrumpieron su preciado silencio.
 
Pero todo eso cambió una vez que la Mano leyó de reojo un poema de Neruda mientras cambiaba las fechas de vencimiento de algunos préstamos. Sintió curiosidad, y una vez que la biblioteca cerró esa noche, descargó algunos libros de los estantes. Con los ojos espectrales que se manifestaban a través de las yemas de sus dedos, comenzó a leer a Shakespeare, y devoró todas sus obras en un par de semanas. Cervantes, Poe, Baudelaire, García Márquez, todos los clásicos pasaron frente a los ojos invisibles de la Mano fantasmal, y pronto se interesó más en los libros y en la cultura que en su añorada venganza. 
 
“Vamos a comprobar si esa tontería es cierta”, dijo el Jefe de Bibliotecas, y él y su auxiliar esperaron esa noche, ocultos tras la casilla de préstamos, a ver qué sucedía. Efectivamente, la Mano O-culta se reveló ante ellos cuando extrajo temblorosamente las obras completas de Cortázar de su anaquel. Al notar su presencia, la Mano se asustó e intentó ahuyentarlos tirándoles libros débilmente, pero la auxiliar la calmó y le pidió que les contara qué es lo que era exactamente. La Mano, titubeante al principio, confirmó la historia del Viejo Bibliotecario. El Jefe, asombrado, le dijo que era bienvenida a leer lo que quisiera durante el día, siempre y cuando lo hiciera con discreción y sin asustar a los demás usuarios.
 
En los días siguientes al encuentro, la Mano acudió durante el día a leer, pasando las hojas despacio para que nadie a su alrededor la notara. Se enfadaba cuando alguien tomaba el libro que estaba usando, pero sabía que era porque nadie, aparte de los encargados, notaba su presencia durante el día. Pero algo extraño comenzó a suceder un mes después. Los libros volaban de los estantes, y sus hojas pasaban a toda velocidad, como si los golpeara una enorme ráfaga de viento. La Mano estaba muy nerviosa. La auxiliar intentó preguntarle qué sucedía, pero sólo le respondió con un susurro: “¡Ya viene! ¡Ya vuelve por mí!”, mientras intentaba leer a toda prisa. Los encargados tranquilizaron a los usuarios adjudicándole el hecho a una falla del sistema de ventilación, pero temían lo peor.
 
Y así fue, días después, que una luz cegadora invadió la biblioteca casi a la hora de cerrar. Los usuarios se quedaron pasmados ante aquella presencia misteriosa. Los encargados reconocieron la figura que surgió de la luz, idéntica a la efigie que colgaba en la entrada del lugar. El Viejo Bibliotecario había regresado. “¿Dónde quedó mi venganza, mano ingrata?”, vociferó el espectro, “Ya es hora de irnos. Ya has leído todo cuanto te plazca, y estoy harto de que en el purgatorio todos me digan ‘El Manco del Espanto’. Ni en el más allá puedo tener paz”, a lo que acto seguido, tomó su Mano, que intentó en vano resistirse aferrándose a un pesado tomo de Stephen King, y se la colocó de vuelta en su muñón. Y antes de volver al otro mundo, volteó a mirar a los usuarios espantados, se llevó su dedo índice a la boca y soltó por última vez un estruendoso y macabro “¡Shhhhhhhhhh!”.
 
*La redacción está fiel al autor y hacemos esta publicación con su autorización. Todos los derechos reservados.