Ganadores de la categoría "Jóvenes"

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*La redacción está fiel al autor y hacemos esta publicación con su autorización. Todos los derechos reservados.

Oscuridad entre libros
 
Por: Stephania Usgame Mesa
 
En las afuera de Caness; una antigua ciudad construida en piedra en las montañas de Italia, ocurrió un hecho muy inquietante en los bosques cercanos a la ciudad, comenzaron a desaparecer personas sin ningún motivo y sin dejar rastro alguno. Las autoridades buscaron infructuosamente por todos los valles y lagos pero no encontraban absolutamente nada.
 
Todo parecía volver a la normalidad y los hombres se ocupaban de sus labores. Entre ellos un extraño hombre que había llegado a la ciudad una madrugada el fin del año pasado, algunos decían que era un duque que venía de un lejano país, otros que solo era un viejo enfermo que buscaba las afueras de la ciudad para descansar. Este personaje había comprado la casa que fuera el hogar de la familia Rouss los cuales habían desaparecido misteriosamente al poco tiempo de la venta del lugar. Al extraño se le veía pocas veces, esporádicamente salía en las tardes casi cayendo la penumbra de la noche, vestía siempre de negro de pies a cabeza, su figura la adornaba un sombrero grande y en sus manos enguantadas siempre llevaba consigo una maleta; pero aun había algo más extraño, su figura a veces se veía como una persona alentada y fuerte y en otras era jorobado y viejo, se internaba siempre en el bosque muy a prisa perdiéndose en la oscuridad.
 
Los que se atrevían a pasar cerca de su casa escuchaban lo que parecía ser gritos desgarradores que se confundían con las melodías de una música; la casa nunca tenia luces encendidas, dentro no se notaba presencia alguna de humanos pero si era normal escuchar una olla pitadora que cocinaba y cocinaba sin parar, su sonido subsónico se esparcía por los rincones del bosque.
 
En esos días se volvieron a escuchar noticias de desapariciones, ahora en las montañas donde aserradores se perdían. Ante los sucesos se unieron cazadores y leñadores con el fin de buscar pista alguna, en la búsqueda hallaron una fosa con gran cantidad de huesos los cuales estaban envueltos en gasas y con rastros de que habían sido pasados por una fuerte cocción. La noticia se esparció por toda la región aterrorizando a propios y extraños. 
 
Una tarde unos niños jugaban cerca a la casa Rouss y decidieron por curiosidad ingresar por una ventana a ésta, no había problema pensaron puesto que antes habían visto salir al extraño hombre, los chicos se dedicaron a inspeccionar el lugar: en la sala encontraron una colección de estatuas un tanto maléficas, en la cocina unas enormes ollas que reposaban con un extraño liquido en su interior y en un pasillo una escalera que llevaba al segundo piso, los niños se encontraron ante una enorme puerta que al abrirla se dejó ver una biblioteca enorme, el lugar estaba repleto de extraños libros. Los chicos emocionados abrieron unos cuantos, estando en esas se escuchó un ruido; el hombre de negro había regresado, fue así que decidieron permanecer en silencio y observar los movimientos del extraño personaje. Unos niños sirvieron de soporte, otros subieron a las espaldas de los demás y el más flaco subió a lo más alto de la biblioteca alcanzando una rendija por donde se lograba ver la sala de la casa, gran sorpresa el niño se llevó, el hombre de negro se quitó su vestido y dentro de los ropajes un alto esqueleto salió, colocó la maleta sobre la desgastada mesa y la abrió, de su interior sacó el cuerpo de un humano y lo arrojó a una de las enormes ollas que estaba hirviendo, al poco rato tomó una enorme jeringa y succionó algo azul que del interior del recipiente salía, la sustancia dentro de la jeringa parecía saltar y buscaba aterrorizada como salir de allí, el esqueleto se dirigió a la biblioteca, tomó el libro más viejo, lo abrió y con gran destreza inyectó la sustancia azul en sus hojas y puso sus manos huesudas sobre el libro serrado, de inmediato la carne recubrió su blanquecino esqueleto. -Carajo alimenta a los libros con esas almas- fue lo que el niño alcanzó a decir antes de caer al piso, el estruendo llamó la atención del extraño que en guardia se puso, al entrar a la biblioteca la luz encendió y descubrió a los niños -Intrusos- Exclamó. Los niños reaccionaron he intentaron escapar por los pasillos de la biblioteca pero no encontraron salida, su carrera los sacaba de un libro para caer en otro, fueron muchas las páginas que tuvieron que correr para al final a ningún lado llegar.
 
Su curiosidad llevó sus vidas a ser absorbidas por los libros. Prisioneros quedaron entre mundos llenos de magia. Perseguidos sin cesar por un incansable extraño de traje negro que por toda la eternidad los buscara entre páginas y líneas.
 
*La redacción está fiel al autor y hacemos esta publicación con su autorización. Todos los derechos reservados.
 
La biblioteca de la abuela

Por: Valentina Pulgarín
 
Aún recuerdo claramente los hechos acontecidos aquella tarde; las imágenes de lo ocurrido vienen a mí de forma espontánea acompañadas de horror y tristeza. Todo comenzó hace 16 años, cuando debido a la depresión de mi madre debimos mudarnos a la casa de la abuela. A pesar de que era por el bien de mi madre yo me opuse a este cambio hasta el último momento, pues irme implicaba para mi dejar mis amigos, mi escuela, mis caminos y hasta mis recuerdos, pero mamá se mantuvo firme en su decisión y unos días después de la propuesta de mi abuela, estábamos ocupando su enorme casa en un lugar frío y distante en las afueras de la ciudad. Al ingresar a la casa percibí que un aire de tristeza invadía el ambiente de esta, pero la visión de su enorme sala, sus amplias escaleras en madera antigua y su linda cocina, opacaron aquel pensamiento, así que después de conocer el primer piso me dirigí a conocer la que sería mi habitación; subí las escaleras a toda prisa y luego me dispuse a abrir una de las tres puertas situadas en el segundo piso, a continuación me encontré con un lugar grande pero sencillo, con una cama inmensa de madera situada en el centro, había también un ventanal, pero este estaba cerrado, lo que privaba la habitación de la luz del mediodía; salí del primer cuarto y me dirigí a la segunda puerta, me encontré con una habitación dotada de características similares a la primera, pero a diferencia de la otra no tenía ventanales, salí de allí y me dirigí a la tercera puerta, abrí el recinto y me encontré ante mí una biblioteca enorme, ese lugar habitado por cientos de libros conservaba una opacidad más intensa que el resto de los espacios de la casa, lo que le otorgaba un aire de misterio, pero esta característica no fue relevante para mí, pues era más fuerte la felicidad de tener una biblioteca en casa, así que emprendí una tarea de exploración en esta y me encontré con varios libros de literatura, cuyas pastas viejas y empolvadas no impidieron que los mirara. Mientras descubría nuevos títulos pensaba en dónde estaría mi abuela, pues no la había visto desde mi llegada. Mi concentración se vio interrumpida por la voz de mi mamá quien me llamaba del primer piso, así que dejé los libros y salí del lugar, fui hasta donde mi madre y esta me dijo que ya debía irse a trabajar, me abrazo fuertemente y me pidió que terminara de desempacar mientras venía la señora que nos colaboraría con el aseo de la casa, yo asentí con la cabeza y luego le pregunté por la abuela, pues no la había visto hasta entonces
 
- Ella está en la biblioteca
- No mamá la biblioteca está sola
- Debes fijarte mejor Valentina, la biblioteca es grande. Debes buscarla bien
- Vale, ahora la busco
 
Luego abracé a mi mamá fuertemente y apenas la vi salir de la casa me dirigí nuevamente a la biblioteca. Me sorprendió encontrar la puerta cerrada pues con mi fugaz salida la había dejado abierta, pero no preste atención a este suceso y volví a entrar; mamá debió estar equivocada pues busqué a la abuela por varios espacios de la biblioteca pero esta no estaba en ese lugar, pensé entonces que quizás había salido de la casa y no nos habíamos percatado. Decidí no pensar más en esta idea y proseguí con mi búsqueda de libros, de todos aquellos uno en especial se ganó mi atención, el titulo decía: Dracula de Bram stoker y sus hojas amarillas y quebradizas me revelaron que hace mucho no había sido consultado por nadie, decidí tirarme en el suelo de la biblioteca para leerlo y sus primeras líneas me transportaron al diario de Jhonatan, uno de los principales personajes del libro. En medio de mi lectura percibí que la chapa de la biblioteca se estaba moviendo, como si alguien desde afuera estuviera intentando abrirla, finalmente la puerta se abrió y ante mi apareció la imagen de mi abuela.
 
-Menos mal viniste abuela, mamá pensaba que estabas en la biblioteca y yo ya estaba preocupada con tu ausencia.
Mi abuela permaneció en silencio, así que proseguí:
 
- Sabes abuela?..de todos los lugares de la casa este es mi preferido, creo que de ahora en adelante será mi refugio.
Mi abuela conservaba su silencio y mis palabras se vieron interrumpidas por el insistente sonido del timbre en el primer piso, ello me obligó a concluir mi elogio a la biblioteca, y en cambio le dije a la abuela:
 
- Esa debe ser la señora que nos colaborará con el aseo, voy a abrir y regreso en unos segundos.
Mi abuela no respondió a mis palaras, permaneció en la biblioteca en un silencio tan profundo que me sentí preocupada por ella; cuando llegué al primer piso para abrir la puerta, me encontré con que la señora que nos ayudaría con el aseo ya la había abierto y se disponía a subir al segundo piso, entonces me vi obligada a preguntarle:
 
- ¿Mi madre le dio llaves de la casa?
Ella no prestó atención a mis preguntas y se dirigió al segundo piso, me pareció de mal gusto este acto así que le toque el hombro para que me mirará, pero ella seguía ignorándome, luego entró a la biblioteca y le dijo a mi abuela
- Disculpe doña Gloria, pensé que había dejado la copia de la llave que usted me había dado, y por eso toque el timbre con insistencia, pero luego las encontré dentro del bolso
- No te preocupes Miranda, discúlpame tú a mí por no bajar con prontitud a abrirte, pero es que sentí una presencia extraña en la biblioteca.
- Tranquila doña Gloria, más bien cuénteme ¿cómo está usted? ¿cómo siguió su hija?
- Aún no soporta la pérdida de mi nieta, le habla como si aún estuviera entre nosotros, estoy muy asustada con esta situación, no quiero perder a mi hija también.
 
Mi abuela rompió en llanto
 
- Ya no llore más doña Gloria, verá como en algunas semanas su hija va a superar la muerte de la niña.
 
Y entonces yo recordé todo.
 
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Acompañados de un Octubre rojo
 
Por: Paulina Sánchez Madera
 
Luego de recibir un mensaje de texto a su línea móvil, emitido por su ex novia notificando su ruptura amorosa sin razones, decidió mandar todo al carajo. En el transcurso de eso días lo único que hacía era escuchar las canciones Zero assoluto, repitiendo las mismas canciones una y otra vez, su madre estaba  algo preocupada, le pedía todo el tiempo que por lo menos dejara los audífonos quietos, aunque fuese solo para comer.
 
—Mamá, deja la cantaleta —decía malhumorado.
 
Le molestaba hasta el sonido que hacía su madre cuando meneaba el café por las tardes, así que ese día 7 de octubre no se le ocurrió más que ir a la biblioteca por un libro, eran alrededor de las seis de la tarde, tenía tanto tiempo de no ir, que olvidó que a esa hora ya  estaba cerrada,  pero para  su suerte aún había una abierta cuando venía de regreso; como sólo llevaba  ocho meses en esa ciudad, ni siquiera había escuchado de ella. Decidió entrar, percibió que al portero no se le notaba el mínimo interés de atenderlo.
 
No imaginó que la Biblioteca fuera tan enorme, tan organizada, con pisos de cerámicas brillantes, estanterías tan bien hechas y un olor penetrante a rosas y avellanas; mantenían el lugar tan limpio que cualquiera querría quedarse allí por siempre, era como un paraíso para los amantes de la lectura. El bibliotecario lo atendió con una sonrisa y le dijo que no se tardara. Entre sesiones de la biblioteca no encontraba nada exquisito para leer, así que terminó en los últimos rincones de la biblioteca:
 
—Aquí estás, —le dijo a un libro que le inspiró curiosidad.
 
Cuando levantó su mirada vio a una mujer con aspecto de bibliotecaria, cabellos largos, brillantes ojos cafés, pero algo afligidos; una sonrisa que inspiraba ternura, el color de su piel era tono medio, se percibía tanta suavidad que sintió ganas de acariciarle; traía puesta ropa muy ajustada para su gusto, pero aun así la veía hermosa. Ella algo intrigada le preguntó qué buscaba, a lo que él levanto su mano con el libro dando a entender que ya lo había encontrado, ella solo esbozó una curiosa sonrisa.
 
Se dirigió al Bibliotecario que lo atendió para que hiciera el registro del libro, debía dejar algo de valor, así que decidió dejar la pulsera de plata que tenía pensado obsequiar a su ex novia antes del rompimiento. Leía todas las tardes en su habitación, acompañaba su lectura con un lápiz, cuaderno, borrador y diccionario, para buscar el significado de las palabras desconocidas y anotarlas.
 
—Nada mejor para estos tiempos de consternación que un buen libro—, —dijo al finalizar.
 
Decidió llevar el libro aquella febril tarde de octubre, eran exactamente las seis. Entró, recibió la pulsera y en el transcurso de ese tiempo observó que la joven no estaba, se le hacía muy extraño y decidió caminar con la intención de volver a verla, y estaba ahí, justo en el mismo lugar donde la vio por primera vez.
 
El muy cordial le saludó, pero ella no se animó a responder, solo se dirigió al sótano de la biblioteca, él decidió seguirla, se detuvieron y ella con una mirada dulce tocó su rostro dejando el aroma de un perfume de flores muertas, a él le parecía fascinante, se acercó lentamente para besarla y al ver que ella no le evadió, lo hizo y fue en ese momento que se perdieron en un beso de eso que se dan a las personas que se extrañan y luego se encuentran.
 
—Ya tienes que irte —dijo con una sonrisa—, —se va a cerrar la biblioteca, te veo mañana.
 
El, esperanzado se marchó. Llegó a su casa y se acostó en su cuarto observando que el cielo estaba rojo aquel mes de octubre, este mes en particular estaba acompañado de un cielo rojizo, por lo que en muchos medios de comunicación lo referenciaban como un octubre rojo. Regresó al día siguiente a las cinco y treinta y cuatro de la tarde, pero ella no estaba en el mismo lugar donde se la había encontrado aquellas veces, entonces dio por entendido que lo esperaba en el sótano, y así fue, al verla corrió a abrazarla y se besaban con tanta ternura llena de complicidad. En una pausa él aprovechaba para preguntarle cosas acerca de ella, pero nunca respondía sus preguntas, a él no le pareció algo de lo que tuviese que preocuparse, siguió viéndola todos los días, a la misma hora, en el mismo lugar, acompañados de un octubre rojo.
 
A finales de mes fue a verla como de costumbre, pero por más que recorrió la biblioteca una y otra vez, no pudo hallarla, así que decidió preguntarle al bibliotecario:
 
¿Qué le ha sucedido a la otra bibliotecaria? —preguntó intrigado—.
 
¿Cuál? —Respondió preguntando estupefacto el bibliotecario—, —aquí no somos más que el portero y yo, quizás la confundiste con alguna lectora frecuente, — ¿cómo es su nombre?
 
El joven con una mirada confundida, vio en la pared varias fotografías, estaban algo antiguas y polvorientas, casualmente estaba la de la hermosa joven que alegraba todas sus tardes.
 
—Es ella, la de la foto con blusa lila, —dijo el joven señalando el portarretratos—.
 
El bibliotecario algo atónito le dijo:
 
—Lo dudo, debe estar usted confundido o ebrio o quién sabe qué habrá fumado, Annie murió hace dos años, era la bibliotecaria antes de yo ingresar aquí.
 
Él se quedó atónito: — ¡Dios mío! —pensó, y para disimular su temor miró su muñeca, como cuando alguien ve la hora (aunque solo tenía puesta la pulsera de mujer que nunca obsequió) y dijo: — “Se me hace tarde”.
 
 
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Recuerdos de mayo
 
Por: Juliana Jaramillo Noreña
 
Pocas cosas recuerdo con perfecta lucidez, mis 70 años han traído consigo la anestesiante medicina del olvido: amarrar zapatos, controlar mi vejiga y amar desatinadamente son ahora cuestiones fugitivas de mi mente, sin embargo un estremecedor recuerdo habita en mí con una fidelidad no tan agotadora como escalofriante. Cierro fuertemente los ojos, apago mis ojos y luego… luego lloro. Trato de remplazar ese recuerdo, de darle otra forma o convertirlo en fantasía, pero no puedo, fue verdad, ya soy parte de él, me convirtió en lo que soy ahora.
 
Fue hace 60 años, siendo hijo único y a tan corta edad, solía recurrir a la imaginación para tolerar la soledad de mis días. En ese entonces vivía con mi joven madre y con mi abuela, esta última, tendría la misma edad que yo ahora, ahora soy anciano también. Nuestra casa era más inmensa que mis miedos, sus cuatros cuartos, sus dos baños y su patio trasero hacían de ella un lugar cómodo para vivir, también tenía una biblioteca, en mis recuerdos un lugar frio y con una luz tan opaca que hacía pensar que afuera llovía, aun así, ese solía ser el lugar preferido de mamá, y el mío para esperarla todos los días, pues ella trabajaba como docente universitaria y sus jornadas laborales solían ser largas. Yo sabía que a mi madre le disgustaba que entrará sin su autorización y yo la entendía, pues la biblioteca se había impregnado ya de su tristeza y su soledad, entrar en ella, era entrar al alma de mi madre, quizás por eso, yo nunca quería salir de allí.
 
El lugar estaba habitado de libros, de tantos tamaños como colores; mis horas transcurrían entre cuervos, gatos negros y enterrados vivos, pues Allan Poe, solía ser uno de los escritores preferidos de mamá y el más entretenido para mí por aquellos nostálgicos días ; mis lecturas en aquella biblioteca solo se interrumpían a las seis de la tarde cuando mi abuela empezaba las oraciones a las animas, y la frase “que descansen en paz, amen” me recordaba que pronto llegaría mamá y que pronto tendría que abandonar el lugar, el polvoriento lugar.
 
Cuando mamá llegaba a casa con su tristeza a espaldas yo sabía que era mejor no entrometerme, mi abuela también lo sabía por eso se encerraba en su cuarto para no hablarle, pero yo solía ser terco e intentaba saludar a la madre que llevaba esperando todo el día, aun así, ella se mostraba esquiva y luego de ponerse su pijama se encerraba en ese frio y distante lugar: la biblioteca.
 
Yo me tiraba en el piso de afuera a llorar y escucharla llorar con sollozos más intensos que los míos, escuchaba sus golpes al escritorio cargados de la fuerza del arrepentimiento, y entonces me asustaba más y lloraba más, tocaba la puerta de la biblioteca, pero mi madre no habría, le gritaba sollozando que la amaba,  pero ella no quería escucharme, solo se lamentaba, solo eso. Mi abuela, asustada por mis gritos, bajaba siempre cojeando las escalas de su cuarto. Recuerdo claramente sus nublados ojos pidiéndome a gritos que me calmara que no le complicara más su vida, su garganta impregnada de dolor le robaba su voz, y en medio de susurros y un llanto cansado me decía que subiera a mi cuarto, que tenía que descansar, y su vejez me asustaba más y recuerdo haber querido morir en esos instantes. Las palabras de mi abuela aumentaron mi euforia, Seguí pataleando con más fuerza que antes, mis gritos aumentaban los de mi madre adentro de la biblioteca, recuerdo que la sentía dándose golpes en su cabeza con algo.
 
- Mamá, no te hagas daño, yo te amo mamá por favor ábreme mami, por favor, por favor
 
Mi abuela me miraba con una mirada atónita, su susto había mutado a lágrimas y entre sollozos, pánico y con un grito que  aún llevo impregnado en mis huesos,  me dijo fuertemente:
 
- Ya pasaron quince días Pablo, déjala descansar, déjala ir por favor; tu mamá decidió no estar más en este mundo, pero con tantos gritos tuyos se va a quedar para siempre en esa maldita biblioteca.
 
Entonces mi llanto ceso, el de mi abuela se convirtió en silencio, pero el de mi madre, aun 60 años después se escucha en aquella biblioteca con el mismo dolor intenso de aquel frio jdía de mayo, el mismo día que yo sentí morirme.
 
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A la Encargada
 
Por: Víctor Quintero
 
El reloj había dado las siete y diecisiete horas de la noche. La biblioteca estaba a punto de cerrar. Estaba todavía Javier encontrando un librillo que hacía meses buscaba, una antología de poemas de un autor poco conocido en la ciudad. En el lugar había pocas personas, escasamente quedaban otros dos noctámbulos terminando lo que parecían ser sus tareas escolares, se veían apresurados por el tiempo, como si estuvieran en una carrera y el reloj les resoplara en las espaldas deseoso de sobrepasarlos y derrumbar su esfuerzo de atardecer. Hacia la entrada de la biblioteca, que bien podría ser la salida también, se encontraba la Encargada de los préstamos esperando impaciente a que los retardados muchachos salieran pronto. Aquella tarde estaba más intranquila de lo cotidiano, tenía un afán atemporal y antiespacial, miraba su reloj de mano constantemente y se tocaba la larga cabellera que llevaba a cuestas. Era Una mujer hermosa de sesenta y cuatro años decía ella al presentarse, pero realmente parecía tener cincuenta años de muerta. Su delicada piel de pergamino egipcio se replegaba como las olas del mar en temporada de ventarrones y borrascas, sus labios resquebrajados insinuaban una sonrisa amarga y falsa, puesta ahí por simple formalismo deshonesto, sus cejas eran un bosque sin árboles y su fina y delgadísima nariz hacía contraste con los ojos pequeños que nadaban, sumidos, en la inmensidad de sus cuencas, las cuales servían de soporte a las ojeras que de allí se columpiaban púrpuramente. Pasaron dos minutos y los chicos, los dos estudiantes, decidieron abandonar la fatiga de sus quehaceres y se marcharon. La Encargada, aún ansiosa, se sentó un momento en su esquelético escritorio a terminar de hacer algunas anotaciones en las planillas de préstamos. Bien, es necesario aclarar que los acontecimientos ocurrieron en el año 1978 cuando aún no existían los computadores y los papeleos se realizaban a mano o en máquina de escribir. La Encargada puso el punto final con su lápiz de punta filosa y cerró las planillas, luego comenzó a teclear en la máquina una cantidad sin importancia de palabras sueltas, ideas que se le venían a la mente, una especie de bitácora que llevaba todos los días, su diario personal lleno de experiencias y ausencias. Habían transcurrido otros tres minutos y el tiempo pareció quedarse estático, una atmósfera de liviana tensión invadió la biblioteca. Javier iba caminando, aproximadamente, por la estantería de literatura uruguaya, sin haber sido visto por la señora, cuando escuchó un estruendo estremecedor, un sonido orgánico rayó en el silencio  abrumador  del  sitio,  era  un  redoble  de  tambores macabros,  El  infierno abrió sus puertas en la biblioteca pensó Javier al tiempo que su piel se erizaba imperceptiblemente; se asomó, pues, por entre los libros y vio una silueta esbelta y encorvada caminando lentamente por el pasillo de enfrente, se deslizaba sigilosa observando los nombres en los lomos de los libros y, de tanto en tanto, tomaba alguno de ellos, lo ojeaba y lo guardaba de nuevo en su lugar. Entre asustado y curioso, Javier, salió al corredor principal que llegaba directo al escritorio de la Encargada y con vista rápida notó que estaba sentada a la máquina sin inmutarse por los ruidos; continuó, entonces, hasta el pasillo donde estaba la figura humana y oscura, su repentina valentía estaba dominada por un rápido latido de corazón, ese mismo que suena y resuena como un pulso a punto de estallar cuando más nos acercamos al  peligro, o lo que para el caso es lo mismo: la incertidumbre. Javier llegó desde atrás, dando pasos más ligeros que los de la sombra humana, y se dispuso a observarla detalladamente. La silueta seguía con la misma actividad, recorría las estanterías leyendo los nombres de los libros y tomaba cualquiera al azar, lo ojeaba y lo guardaba nuevamente; así lo hizo durante unos cuatro estantes más. Desesperado por saber qué quería aquella persona, Javier se asomó otra vez al corredor principal y vio que la Encargada estaba todavía en el escritorio, entonces tomó la determinación de acercarse y ofrecerle su ayuda, dio unos cuantos pasos tranquilos hasta llegar a la persona, que estaba de espaldas, le rozó suavemente el hombro con la mano y, ella, al girar el rostro hacia él le desplomó todo el horror que un joven de 23 años puede soportar. La sombra intrigante era la Encargada, la misma que había visto recientemente en su escritorio. El pavor se apoderó de Javier, sus piernas intentaron tomar el control de la situación y obligarlo a correr desmesuradamente hacia la salida, pero fue imposible, el cuerpo no respondía, estaba impávido, paralizado, cristalizado por el miedo: sólo sus ojos tenían la capacidad de moverse y lo único que podían ver era la mirada triste de la Encargada raquítica frente a él: un par de ojos color miel repletos de melancolía y desconsuelo, insondables hasta el punto de ser insoportable tanta profundidad en un espacio tan reducido como lo es una mirada.
 
La Encargada había muerto cuando el reloj sentenció las siete y veintidós minutos de la noche, ocho minutos antes del cierre de la biblioteca, una hora y treinta y ocho minutos antes de volver a sentir la felicidad que representa reencontrarse con el amor de la infancia. Su alma estaba presa entre los libros y, aún hoy, permanece allí realizando las acciones mecánicas de lo que fue su vida.
 
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