El juego del avestruz

Por: 

Diego Agudelo Gómez

Mario Vargas Llosa detesta el juego del avestruz, ese que en Latinoamérica es casi un deporte nacional y consiste en ocultar la cabeza en el agujero más cercano dándole la espalda a la realidad y omitiendo los actos que podrían darle un giro a las cosas, enderezar el camino torcido del progreso. Con cada palabra, el escritor peruano demuestra una inteligencia esculpida a la sombra de la incansable lectura y con la misma férrea disciplina con la que ha construido una obra de novelas, ensayos, cuentos y artículos de opinión. Para presentarlo en la charla que sostuvieron en el Teatro Adolfo Mejía de Cartagena, Héctor Abad Faciolince dijo de él que era un clásico vivo y que pocas veces se tiene la ocasión de hablar con un clásico vivo.
 
Más que una charla fue un  duelo de inteligencia. Las preguntas hábilmente construías de Abad Faciolince llevaron la conversación por el camino de la literatura, la lectura, la política y la historia reciente de América Latina. Vargas Llosa habló de su amor por Flaubert y los aprendizajes necesarios para un escritor. Declaró que carecía de inspiración y que esa era la razón por la cual trabajaba con constancia en un estricto horario matutino en el que se deja elevar por la embriaguez que le produce tener una historia entre manos. Como si temprano en la mañana y hasta muy entrada la tarde estuviera en otro sueño, uno muy superior al que tenemos cuando estamos dormidos, para aterrizar de nuevo en una realidad que normalmente lo incómoda por lo que se ve obligado a combatirla con las afiladas respuestas que pública en diarios y revistas.
 
Ese mismo sueño colmó la atmósfera del Teatro Adolfo Mejía. La embriaguez de la literatura era la constante por ratos y la resaca de la realidad aparecía pero sólo como un animal al que Vargas Llosa y Abad Faciolince se disponían a diseccionar: los caudillos, los dictadores y los hombres que se declaran a sí mismos elegidos y únicos capaces de ocupar el poder fueron despojados de sus máscaras. Un comentario de Vargas Llosa es el argumento más fuerte pues recorrió desde el cono sur hasta las islas del Caribe haciendo un inventario del atraso y los enormes daños que una dictadura o un poder perpetuado producen en una sociedad. Al mismo tiempo aclaró que actualmente América Latina no se debate entre la izquierda y la derecha sino entre países apegados a modelos absolutistas y autoritarios y aquellos países que siguen creyendo en la democracia. “La política es un territorio perfecto para los rufianes”, afirmó. Al ser interrogado sobre Colombia el escritor peruano fue prudente y moderado. Ubica a Colombia entre los países que defienden la democracia como el mejor sistema para encausar las vidas de sus habitantes en la corriente del desarrollo pero no dejó de señalar los retos que se distinguen claramente en el horizonte al lado de los errores que no se pueden volver a cometer. Entre su cúmulo de pensamientos brillantes también se distinguió claramente uno que en definitiva sigue siendo el mejor consejo que se puede dar: hay que leer, leer mucho.  
Compartir: 

Lo último en el diario