El lado oscuro del corazón

Por: 

Equipo Editorial

La violencia es un tema recurrente en el arte y la literatura y los escritores colombianos William Ospina, Tomás González y el escritor mexicano Martín Casares se reunieron en el Hay Festival de Cartagena para tratar de aventurar una explicación acerca de los motivos que empujan al artista a penetrar los extremos más oscuros del corazón humano. Al fin y al cabo, con sus novelas, cuentos y poemas, estos escritores han acariciado esas regiones vedadas de locura y muerte que en tanto en la vida real ponen los pelos de punta y nos llenan de profundos escalofríos. 

Justamente el escritor William Ospina se pregunta: “¿Por qué será que las cosas que nos repugnan en la vida nos fascinan en el arte?” y él mismo dispara una respuesta para esta contradicción afirmando que cualquier atrocidad narrada por la literatura y el Martín Solaresarte está ubicada en un plano simbólico, incluso necesario, sea para comprender el fenómeno o encontrar la catarsis necesaria para superarlo. “Lo mejor de la palabra perro es que no muerde”, es la metáfora que usa para señalar, por ejemplo, que la sangre de la literatura no es sangre sino una palabra.

Al respecto, Martin Solares, autor de la novela Los minutos negros, menciona las circunstancias en las que escribió su libro. El proceso tardó siete años durante los cuales reescribió varias veces la obra esforzándose por eliminar estereotipos y maniqueísmos, y girando alrededor de una anécdota escuchada en su infancia acerca de la corrupción en la policía. Como si caminara en círculos en un bosque de palabras, Solares no veía salida para su obra a pesar de que sus amigos lo instaban a que William Ospinala publicara de una vez, pues la consideraban concluida. A pesar de todo, él persistió en su afán perfeccionista siguiendo algunas cosas aprendidas del periodismo: “Quería que cada línea tuviera un dato y cada párrafo una idea”, comenta y también se pregunta si los escritores son los que narran la violencia o es la violencia la que los narra a ellos y es que la idea para su novela lo había obsesionado durante 20 años y la escritura fue su modo de exorcizar esta obsesión. La novela tenía vida propia y el mismo día que envió su manuscrito por correo el azar le demostró que el arte tiene la facultad de divorciarse del artista y definirse de manera autónoma. Al regresar a su casa, tras dejar el paquete en la oficina de correos, Solares se dio cuenta que había dejado las llavez de su casa pegadas en la puerta y eso lo ayudó a comprender que pulió durante tiempo su historia porque quería que fuera eso justamente, una casa con las llaves por delante. “La ética del escritor es dejar las llaves en la puerta de la novela”, deduce. 

Por su parte, Tomás González, tan austero y modesto como sus libros lo reflejan, puntualizó que el escritor tiene un poder especial para pisar los territorios oscuros del corazón, como si el lenguaje los dotara de una escafandra que les permite permanecer indemnes en medio de la escoria.

 
Este encuentro del Hay Festival ha sido uno de los más emotivos pues reunió a hombres que han visto de cerca el horror que acecha en sus respectivos países. México, la patria de Solares, y Colombia, la de Ospina y González, no solo son naciones hermanas por compartir un idioma o una identidad latinoamericana sino porque los dos han atravesado en procesos casi idénticos el terror que brota de la corrupción, la violencia, el narcotráfico, las matanzas y la impunidad.
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